Gerardo Zaldúa | 28 Sep 2026 | Empleabilidad
Hay una forma de edadismo que todos reconocemos con cierta facilidad: la que viene de afuera. Aparece cuando una empresa descarta a un candidato por su edad, cuando una vacante incluye límites etarios injustificados o cuando alguien supone que un profesional de 50, 55 o 60 años será menos adaptable, menos tecnológico o demasiado costoso.
Pero existe otra forma mucho más silenciosa y, en ocasiones, más difícil de combatir: la que comenzamos a ejercer sobre nosotros mismos.
Durante años escuchamos frases aparentemente inofensivas: “ya estoy grande para eso”, “a mi edad ya no”, “es momento de bajar el ritmo”, “eso es para jóvenes”. El problema no está solamente en las palabras, sino en lo que terminamos creyendo sobre nosotros mismos. El material que analizamos plantea justamente que la edad puede convertirse en una especie de “guion” aprendido, donde cada etapa de la vida viene acompañada de expectativas sobre lo que todavía deberíamos —o no deberíamos— intentar.
El edadismo también puede instalarse dentro de nosotros
Cuando una persona llega a los 50 o 55 años puede comenzar a escuchar con mayor frecuencia preguntas sobre jubilación, retiro o “cuánto tiempo le falta”. Poco a poco, el futuro puede empezar a reducirse a una cuenta regresiva.
Y sin darnos cuenta, la edad deja de ser un dato biográfico para convertirse en un criterio que determina nuestras decisiones. Aquí aparece el auto edadismo.
El mercado puede estar lleno de prejuicios, pero existe un momento particularmente peligroso: cuando ya no necesita cerrarnos las puertas porque dejamos de tocarlas nosotros mismos.
El lenguaje con el que hablamos de nuestra edad importa
Hay una idea que considero especialmente interesante para llevar al terreno profesional: las palabras que repetimos terminan influyendo en la manera en que nos vemos.
Expresiones como “ya estoy viejo”, “ya no soy el de antes” o “ya no tengo edad para aprender” pueden parecer simples comentarios, pero también pueden convertirse en una narrativa personal de retirada. Propongo justamente sustituir ese lenguaje de clausura por uno de continuidad: todavía puedo, todavía tengo algo que aportar, todavía puedo aprender. Desde el mundo profesional, esta distinción es enorme.
No es lo mismo decir:
La edad es la misma. La perspectiva cambia completamente.
Retirarse del empleo no significa retirarse de la vida
Uno de los planteamientos más poderosos aparece cuando distingue entre dejar un empleo y dejar de sentirse útil.
La jubilación tradicional muchas veces se presenta como el cierre de una etapa: se agradecen los años de servicio y se desea un “merecido descanso”. El problema surge cuando el mensaje se interpreta como: “tu función terminó”.
Existe una distinción interesante entre quienes se retiran hacia algo —un proyecto, una actividad, la enseñanza, la familia, una causa— y quienes simplemente dejan todo atrás sin construir una nueva dirección. Esta reflexión tiene mucho que ver con el edadismo.
Porque seguimos utilizando una narrativa profesional demasiado lineal: estudiar, trabajar, crecer, jubilarse, retirarse.
Pero una vida profesional cada vez más larga puede necesitar otra estructura: aprender, trabajar, evolucionar, reinventarse, compartir experiencia y seguir contribuyendo.
Quizá no necesitas dejar de trabajar. Necesitas cambiar de tarea
El ejemplo del zapatero es sencillo, pero profundamente simbólico. Después de toda una vida trabajando, un hombre ya no puede desempeñar su oficio con la misma precisión. Se retira y poco a poco pierde motivación. Todo cambia cuando le piden que enseñe lo que sabe a una persona más joven.
Pasó de: hacer a: enseñar a hacer.
Y esto puede ocurrir también en la vida ejecutiva. Un profesional senior puede evolucionar de especialista a mentor, de operador a asesor, de director a consejero, de ejecutivo corporativo a consultor, de responsable de resultados a desarrollador de talento.
No es una pérdida de valor. Es una transformación de valor.
Por eso una frase del material me parece particularmente poderosa:
“No me retiro de la vida. Cambio de tarea.”El propósito puede ser más importante que el puesto
Cuando hemos trabajado durante décadas, muchas veces nuestra identidad termina fusionándose con nuestro cargo.
Pero ¿qué sucede cuando ese puesto termina?
Si nuestra identidad dependía exclusivamente del cargo, la transición puede sentirse como una pérdida. Tal vez por eso una de las preguntas más interesantes del material no tiene que ver con posición o salario:
Si mañana desaparecieras, ¿qué quedaría sin hacer?
La pregunta puede parecer fuerte, pero tiene enorme valor.
El propósito no tiene que ser monumental. El propio texto insiste en que puede encontrarse en enseñar, acompañar, crear, cuidar, terminar algo pendiente o compartir conocimiento.
Superar el edadismo no significa negar la edad
También debemos evitar caer en el extremo contrario. Superar el edadismo no significa fingir que tenemos 30 cuando tenemos 55.
No significa negar que cambian nuestras prioridades. No significa que todas las personas senior estén actualizadas, sean excelentes líderes o en automatico tengan mayor sabiduría.
Eso también sería un estereotipo. La verdadera conversación consiste en preguntarnos:
La edad cronológica puede formar parte de nuestra historia. Pero no debería escribir automáticamente el siguiente capítulo.
La pregunta cambia después de los 50
Durante buena parte de nuestra carrera quizá la pregunta fue: “¿Cómo sigo creciendo?”
Después puede convertirse en: “¿Qué posición quiero alcanzar?”
Pero llega un momento en el que quizá necesitamos una pregunta diferente: “¿Qué quiero hacer con todo lo que ya aprendí?”
Y ésa puede ser una pregunta mucho más poderosa.Porque una persona de 55 años no está empezando desde cero. Empieza desde:
y una mejor comprensión de quién es.
Superar el edadismo empieza por cambiar la narrativa
El edadismo externo requiere cambios en las empresas, en los procesos de selección, en Recursos Humanos y en la cultura organizacional.
Pero el edadismo interno exige otra batalla. La de dejar de repetir: “A mi edad ya no…”
y comenzar a preguntarnos: “A mi edad, ¿qué sí quiero hacer ahora?”
Superar el edadismo no significa demostrar que seguimos siendo jóvenes.
Significa dejar de pensar que sólo la juventud tiene derecho a empezar.
Significa comprender que también podemos comenzar a los 50, reinventarnos a los 55, aprender a los 60 y construir algo nuevo después de una carrera completa.
Porque quizá no se trate de continuar haciendo exactamente lo mismo durante más años.
Quizá se trate de algo más interesante: elegir conscientemente nuestra siguiente tarea.
Y quiero cerrar con una reflexión:
La edad puede decir cuánto tiempo hemos vivido. Pero no debería decidir cuánto futuro todavía somos capaces de imaginar.
No siempre necesitamos retirarnos. A veces simplemente necesitamos cambiar de tarea, actualizar nuestro propósito y volver a mirar hacia adelante.
¿Qué harías diferente si dejarás de preguntarte si “todavía estás a tiempo” y comenzarás a preguntarte qué quieres construir con los años que tienes por delante?
Superar el edadismo no significa negar los años, sino dejar de permitir que se conviertan en una frontera. La experiencia, el aprendizaje y el propósito pueden seguir creciendo mucho después de los 50, siempre que mantengamos abierta la posibilidad de evolucionar.
Habrá momentos en los que el entorno intenta definirnos por nuestra edad, pero también habrá momentos en los que seremos nosotros quienes debamos revisar las historias que nos contamos sobre lo que todavía podemos hacer.
Quizá el verdadero reto no sea preguntarnos cuánto tiempo queda, sino decidir qué queremos construir con todo lo que ya sabemos y todo lo que aún podemos llegar a ser.
Gerardo Zaldúa. Master Coach, Mentor y Head Hunter - Alquimista de Personas
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